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Domingo 12.07.2020
22/06/2019

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La puesta del sol despertó los sentidos de los yerbabuenenses

El espectacular atardecer de este viernes sorprendió a los vecinos. Una invitación para animar los sentidos y la imaginación durante el inicio del fin de semana.
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Foto: Rafael Garbero.

Si en verano la tradicional postal de Yerba Buena es una panorámica del cerro San Javier con el verde intenso de su selva de yungas; en otoño y en invierno, vecinos y visitantes se ven atraídos por la belleza de los atardeceres que despiertan los sentidos. 

Es que ese último solcito que alumbra los rostros - y su calor-, invita a tomar café en las veredas de los bares, salir a correr o montar en bicicleta por las avenidas Aconquija y General Juan Domingo Perón, cuando no cebar mate y comer mandarinas en las rotondas del pie del cerro, antes de que el astro se zambulla tras la montaña. Una escena que es más que una foto. 

Durante los atardeceres, es un placer abrir juego a la imaginación, al mirar el horizonte teñido de ocres, naranjas y amarillos, que crean singulares sombras.  

¿Quién no jugó a encontrar formas en el contorno de la montaña?

-El tanque de agua de las Lomas de Imbaud se puede ver desde lejos y su sombra es como un cigarro, observa Lucas Chimirri.

-La hostería tiene perfiles escalonados y me suena a pirámide maya. Y, un poco más a la derecha, está el Cristo, que más que Jesús, parece un granadero cansado, dice Juan Décima, vecino de la zona sur, en una pausa durante su práctica de atletismo en la rotonda de la Perón.

A contraluz, a partir de las 18 horas, y por unos minutos, el sol borra -en apariencia- los carteles publicitarios, los centros comerciales y los bloques de viviendas ubicados en la avenida  Perón que afean la vista. Y, en ese horario, a pesar del intenso tráfico vehicular y del ruido, son muchos los que sueñan con el antiguo cañaveral que todavía se extiende hacia el norte de la autovía, pero intervenido por las aberraciones urbanísticas. Un sembradío que al anochecer apenas se puede ver en la penumbra y transmite esa sensación de tranquilidad que a veces produce el campo.  

En la era clásica, los griegos creían en las ninfas del atardecer. Para ellos, Hésperis era la personificación del brillo o del esplendor del sol por la tarde. Diosa del Ocaso. En nuestras latitudes, la tarde y la entrada de la noche recuerda visiones fantasmagóricas. 

-A la tarde, mi mamá se guarda en su casa porque, cuando vivía en el campo, se hablaba de la luz mala. Ahora, sólo habla de la luz mala cuando no puede pagar Edet, se ríe  Evaristo Díaz, ex puestero de la feria de la Rinconada.  

También hay quienes recuerdan a los animales de hábitos nocturnos. Además de las lechuzas, es frecuente que felinos, chanchos del monte y aves recorran la selva.  

-Aquí, en Horco Molle, las charatas se largan a cantar al atardecer y arman un griterío tremendo. Son parecidas a las perdices pero tienen la cola y el cogote más largo, señala Jesús Olima, puestero de la localidad, que cuida los autos de los deportistas que realizan caminatas por la senda Puerta del Cielo. 

-Un momento o él momento en el que las lechuzas vizcacheras y las de campanario inician su fiesta nocturna y se hacen oír en cada barrio, dice Cecilia Díaz, del barrio Horco Molle.

-Con mis hermanas siempre nos divertíamos viendo el efecto lumínico del atardecer cuando se entrecierran los ojos. Ver cómo se duplican los objetos y cómo el haz de luz se dispersa en colores anaranjados y se traslucen las partículas que flotan en el aire, dice Juliana Aráoz. 

Apreciaciones expresadas hoy por los vecinos que también fueron compartidas en sus redes sociales, no sólo con fotografías, sino por escrito. Como bien lo señala en Facebook, Lucía Bertikian, con su prosa:

“Me gustan los atardeceres.

En realidad los AMO

Transmiten cosas, no siempre lo mismo.

No todos son iguales y ahí está la magia.

El sol se esconde pintando estos colores en el cielo hasta el próximo encuentro”.


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